jueves, 31 de octubre de 2013

Durazno

Por: Diego Joan Urrea Guzmán


    Papá… ¿Y por qué se llama silla? ¿Por qué no le dicen sentadera? Es para sentarse ¿No? –Ya Mateo, deja de preguntar bobadas, así se llama y punto. ¡Pero papá! Dime ¿Quién le puso cama? ¿Acaso no tenía mejores ideas para nombrar las cosas? Yo le puedo poner mejores nombres a todo; es más fácil entender cuando los asociamos a su uso. Yo le pondría acostadera en vez de cama o viajadero en vez de carro –Mateo te he dicho que no le cambies los nombres a los objetos, las cosas se llaman así porque a alguien se le ocurrió y eso no tiene importancia ¡llama las cosas por su nombre! ¿Por qué no puedes ser un niño normal? ¡No preguntes sandeces! –Papá y ¿Qué es una sandez? –es algo torpe como lo que tu preguntas y ya vete a dormir…

     Y así durante semanas Mateo le preguntaba a sus padres el origen del nombre de cada objeto que veía, su padre estaba desesperado.
Papa ¿Y por qué me llamo Mateo? ¿Por qué no me pusiste durazno? –Ya Mateo, durazno es nombre de fruta. Pero… ¿Quién le puso durazno? Esos nombres son muy extraños ¿Tu como aprendiste eso tan extraño? – ¡Mateo a tu cuarto! Grito su padre con una notable expresión de enojo.

     No, no entiendo porque las cosas con nombres tan extraños, le pondré el nombre que yo quiera a las cosas para entender mejor, desde ahora esto no será una cobija, es una cubridora.

    Mateo siguió poniéndoles sus peculiares nombres a cada objeto, en la escuela ya ni sus maestros le entendían –Juanito préstame el escribidor –jajaja Mateo tan grande y no sabe hablar. Estas eran burlas que escuchaba a diario y se ya hacía molesto el ambiente escolar.

     Una mañana de sábado mientras Mateo veía televisión, empezó a sentir un olor extraño y vio como la casa se llenaba de humo; sus padres estaban desayunando en el patio trasero y Mateo corrió a avisarles rápidamente.

     ¡Papá! ¡Mamá! ¡La vividera está llena de aire gris y hace calentura! –Ya Mateo deja de inventar palabras y déjanos desayunar tranquilos… ¡Pero Mamá en la vividera hace calor! –Mateo no más. ¡Quédate aquí quiero!
     Mateo no tuvo más opción y esperó hasta que sus padres terminaran, minutos después entraron juntos a la casa, para descubrir un intenso humo y la cocina hecha cenizas; era demasiado tarde, ya gran parte de su casa ardía en llamas.

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