Luisa,
sentada en una vieja silla de madera que contrastaba con la hermosa cerámica
del piso y un lujoso televisor al fono de la habitación; apagó su cigarrillo y
bebió de su copa; caminó hacia la ventana y vio a la mujer con un vestido blanco
algodon y unos audífonos rosa, era la misma que había visto ayer en el centro
comercial. Sintió un deseo insaciable de hablarle y condujo sus pasos hacia la
puerta, pero su tacón, enredó en la lujosa alfombra turca; cayó por las
escaleras y su cabeza fue detenida estrepitosamente por la imponente puerta de
cedro.
Al
día siguiente, el noticiero de las siete titulaba: la famosa actriz Luisa Acosta fue encontrada sin vida en su apartamento,
al sur de la ciudad, según los primeros indicios de la policía, se trata de un
homicidio perpetrado por su pareja... El caso fue la comidilla de los
medios durante meses, pero un año después nadie recordaba el hecho. Menos Ana;
ella seguía observando por horas la portada de la revista en la que su amada
posó por última vez, su dolor era acompañado por grandes tragos de un licor
amargo y oscuro como su propia vida.
A
diez kilómetros de allí, en una lúgubre celda, esperaba Camila su condena por
homicidio.
– ¿Porqué me has abandonado?, ¿Acaso tu estas
en todas partes y todo lo puedes ver?, ¿Porqué permites esta injusticia, Dios?,
decía Camila con dolor infinito y ahogada en sus propias lagrimas.
Mientras
Camila maldecía su suerte, llega su hermano Manuel –Hermanita, yo siempre
estaré contigo y te juro que los que te han hecho esto van a pagar- dijo Manuel
con la voz entrecortada.
La
escena era desgarradora. En ese momento entro un guarda de la prisión y algo
exaltado exclamo: No más visitas, ¡aléjense! ¡Aléjense!
A
las 9:45 de la mañana de un martes de octubre Camila esperaba su sentencia…
-La segunda parte sera publicada el 30 de noviembre de 2013-
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